martes, 11 de diciembre de 2012
Ahora Que Te Marchas
Ahora que te marchas, observo tu belleza mientras duermes, pues tu eres ciega y yo soy tus ojos. Ahora que las agujas del reloj me desgarran la piel con cada una de sus caricias, ahora que intento detener el tiempo y que lo único que obtengo son bonitos recuerdos que se transforman por el miedo a la perdida y se desfiguran en trocitos de prematura nostalgia, siento que el sueño llega a su fin y que en poco más de un efímero suspiro, volveré a despertar en un mundo al cual ya no entiendo y en el que ya no quiero estar. Solitaria y fría estancia gris bajo un cielo donde incluso las estrellas se han olvidado de brillar y donde las personas que arrastran sus pasos en busca de mi compañía, se convierten en estatuas de piedra cada vez que alzo la vista e intento buscar su mirada en busca de un consuelo que se me muestra esquivo mientras no dejo de preguntarme, en que momento me arrancaste el corazón y te lo guardaste en tu regazo. Busco respuestas, desesperado, me encomiendo a la lógica y a la razón para intentar sacudirme tu olor de mis entrañas en un desesperado intento por recuperar aquello que una vez me robaste y que antaño, me permitió refugiarme en la soledad. Ya no puedo hacerlo, ya no puedo estar solo, ya no se estar solo, ya no quiero estar solo, ya no puedo estar lejos de ti. Intento incorporarme, intento ser fuerte y mostrarme seguro, pero sobre mi, me sujetas los brazos con tus rodillas y lo único que puedo hacer, es seguir observando tu belleza con mi mirada bañada en lágrimas, pues tu sigues siendo ciega, y yo, sigo siendo tus ojos. Pesada la losa que sobre mi pesa y que me impide incluso, estirar el brazo para arañar tu carne, y eso que lo deseo con fuerza, con tanta, que incluso podría engañarme a mi mismo diciéndome que lo que una vez fue, ahora no será. Mentira. Y la mentira, siempre termina en tragedia, tarde o temprano regresa de aquel oscuro hoyo sin fondo en el que una vez creímos nos desharíamos de ella, para recordarnos lo estúpidos que somos y lo mal obrado de nuestros actos. Tus ojos, tristes, también lloran, no estoy solo en eso, pues digas lo que digas, lo triste, triste es, y lo que es, no lo puede cambiar ni el más dulce de los besos. Quema. Ardo desesperado por dentro al acariciar la inamovible realidad de que no volveré a verte hasta dentro de una eternidad, por la certeza de que mientras intento abrirme paso por ella con uñas y dientes, en el camino, estoy perdiendo un tiempo precioso que ni tu ni yo tenemos y que desde luego, no nos podemos permitir, que estoy desperdiciando la oportunidad de tocar el cielo con la punta de mis dedos cuando deslizo estos sobre tu mejilla mientras espero que tus preciosos ojos tristes bajen el telón y me susurren al oído que ha llegado la hora de partir hacia el único lugar en el que siempre podemos estar juntos. Al despertar, te lo llevas todo, no me dejas nada, tan solo una carcasa vacía que ahora, contrariamente, ya no sueña con detener el tiempo, sino con doblergarlo para contruir un puente que me lleve hasta ti antes de que sea demasiado tarde y el dolor sea tan grande, que ni tu ni yo sepamos encontrar el camino de vuelta a la felicidad, porque cuando eso ocurra y alcemos la vista en busca de nuestras miradas, tan solo encontraremos una estatua de piedra.
domingo, 4 de noviembre de 2012
Cadenas
Tengo la venda fuerte, apretada, yo mismo me la coloqué.
Aun y así, puedo verte, puedo sentirte, se que estás cerca y eso transforma todo mi mundo, se tambalea, no existen cimientos para sostener tanto deseo, no existe oscuridad para ocultar tanto amor. Y lo intento, me esfuerzo por mantener todo lo que tengo dentro en secreto, porque no me perteneces, porque no puedo permitirme quererte, desearte, porque mi vida está tan lejos de la tuya... porque estas cadenas me sujetan con tanta fuerza que a penas puedo moverme, lo intento, lucho, es contradictorio, lo se, yo mismo me las impuse, pero el metálico sonido de su acero se regocija en mis oídos disfrazado con tu voz y desgarra mi propia esencia, me desdibuja.
Te siento, puedo oler tu cuerpo desnudo observándome, sentir tus cálidos dedos acariciándome el pecho mientras andas en círculos a mi alrededor y me regalas tu voz convertida en susurro que penetra en mi cabeza... y lucho, yo mismo me puse la venda, yo mismo me dejé atrapar por las cadenas, no encontré otra forma de protegerme de ti, de proteger mi mundo, de proteger todo lo que amaba y ahora, yo mismo, me engaño diciendo que no te oigo. Pero lo hago, lo hago a todas horas, en todos y cada uno de los momentos de mi existencia. Por más que lo intento, por más que me embriago de mentiras, por más que corro, no consigo arrancarte de dentro, no puedo vaciar el mar con mis manos, y ya sangran demasiado, me duelen demasiado.
Me agarras por detrás, me rodeas con tus brazos y yo siento tus pechos en mi espalda, siento el olor de tu cabello, inolvidable recuerdo y prueba inequivoca de que la felicidad no es una utopía, siento la calidez de tus labios sobre mi cuello, siento todo el dolor de aquella que lloraba bajo la lluvia en secreto porque aun no sabía que el destino si existe, siento que la mentira de una vida ilusoria se difumina cuando me recorres con tu lengua y esta me dice lo mucho que me quieres, siento que las cadenas se aflojan, que ya no necesito la venda... y me la quitas, te miro a los ojos, ya puedo hacerlo y ahí, es donde encuentro la verdad que siempre he perseguido, que siempre había buscado en el lugar equivocado, pues no estaba mi estrella en el cielo, tu eres mi estrella, siempre lo fuiste, lo supe desde la primera vez que te vi brillar, pero tuve miedo, fui cobarde, no siempre es el sentido común la mejor opción. No solo existe el blanco o el negro, en los matices se esconde el mapa para escapar del laberinto. Ahora lo se, tu me lo has enseñado. Y te sigo, desnudo, sin venda, sin cadenas. Corro tras de ti desesperado mientras tu figura se pierde en la distancia... y es ese deseo de atraparte, de abrazarte y no soltarte jamás, lo que me da fuerzas, el espantapájaros que aleja a los cuervos de la soledad de mi tierra, el sol que ilumina los oscuros y dolorosos recuerdos de un pasado al que pese a todo, no le reprocho nada, pues es gracias a él, que ahora puedo deleitarme contigo, desnuda, sentada en tu altar, mirándome desde arriba mientras me arrodillo ante tus pies e intento poner voz a todas las cosas que siempre quise decirte y no pude. Tengo tanto que agradecerle a la traición que me es imposible guardarle rencor, aquí, en tu templo, te adoro como la diosa que eres, me arrastro hacia ti y te acaricio las piernas, me agarro a ellas mientras el universo se derrumba a nuestro alrededor, solos tu y yo en tu templo. Te dije una vez que cuando todo desapareciese, cuando llegase el momento en el que tan solo quedásemos tu y yo en pie, te diría todo lo que hay dentro de mi, la más universal de las verdades, el momento ha llegado, y te lo digo: TE QUIERO.
No más vendas, no más cadenas, no más excusas... solo tu y yo. Prométemelo y pondré la eternidad a tus pies para siempre, estrangularé al tiempo con mis propias manos si es necesario y con tanta fuerza, que no le quedará otra que detenerse para nosotros, doblegaré a todos y cada uno de aquellos incautos que intenten profanar tu templo, su sangre será mi recompensa y luego te ofreceré la mía propia para que te bañes en ella, para que cubras de rojo tu lascivo cuerpo mientras no dejo de adorarte ni un solo instante, mientras te follo encima del altar con tanto amor, que creerás sentir que se te desgarra la carne y el corazón mientras el placer te tapa la boca con su húmeda y caliente mano impregnada en semen. Tengo tantas cosas que decirte, que enseñarte, que la eternidad se me queda pequeña. Aun y así, lo intentaré, pues una cosa he descubierto a tu lado, que lo único que realmente vale la pena, es lo imposible.
Y ahora, después de todo, despierto y veo que sigo atrapado en las cadenas, solo que esta vez, estoy encadenado a ti.
NANDO EL RECTOR
NANDO EL RECTOR
domingo, 14 de octubre de 2012
Si no duele, no merece la pena
no es mas que el pasado, responde el
presente.
No hay límites ¿verdad?, pregunta la
curiosidad
no existe la verdad, responden los límites.
¿Hay algún modo de entrar? pregunta el
peligro
nunca hay salida, responde la cordura.
Dime si existe el infierno, insiste la
chica
depende de donde vivas ahora, susurra
el infierno.
Son solo recuerdos, se lamenta el
deseo
revívelos de nuevo, dice el recuerdo.
¿Te importa agarrar mi mano? suplica
el miedo
nunca me separaré de ti, promete el
terror.
¿Qué hay cuando acaba el camino?, cuestiona
el silencio
tu camino no tiene fin, asegura la
distancia.
No corras tanto, pide la calma
seré lenta como la oscuridad, le
prometo yo.
De los errores se aprende, oí alguna
vez
¿cuántos intentos me quedan?, pienso a
cada momento.
No digas nada
¿me quieres?
ALICIA MISSTERROR

Si no duele, no merece la pena by Alicia Missterror is licensed under a Creative Commons Reconocimiento-NoComercial-SinObraDerivada 3.0 Unported License.
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domingo, 9 de septiembre de 2012
Aquí, ahora
Aquí, ahora
No hay nada lejos, nada que importe,
es solo aquí, es solo ahora.
Cuando me rompes el corazón
siempre te quedas con el trozo mas
grande,
devuélvemelo ensangrentado aquí y
ahora.
Ata mis manos si quieres,
hazlo aquí, hazlo ahora,
ya no intentaré escapar,
ya no intentaré escapar,
ya no hay nada de lo que huir.
Cada noche me convierto en ti,
cada noche haces que nazca y
desaparezca,
cada noche me dices que no hay nada aquí,
pero que lo que hay es mío,
que solo importo aquí y ahora.
Soy como el mar, estoy hecha de agua,
¿quieres drenarme?
¿moriremos ahogados?
mojados aquí y ahora.
Dejo de luchar aquí y ahora,
porque no hay nada que importe,
nada que no sea tuyo
porque te lo di todo.
Es solo aquí, es solo ahora
Alicia Missterror

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jueves, 9 de agosto de 2012
SOBERBIA.Parte I. Una maldición para dos
Cuan engañoso puede
llegar a ser el silencio de la noche. Cuan oscuro el brillo de las estrellas.
Palsbride era el
barrio bien de Sunshine, bueno, todo lo “bien” que podía ser un barrio en
aquella ciudad del infierno. Quiero decir que dentro de todo, aquel no era un
lugar tan horrible para vivir si lo comparamos con otras zonas de la ciudad
digamos... algo más problemáticas. Y en el número 33 de Victoria´s Street,
aquella era una calurosa noche de verano más, porque en Sunshine hace ya mucho
tiempo que padre invierno hizo las maletas y marchó en busca de lares más
tranquilos. Ni siquiera en aquella época del año, bien entrado el mes de
Noviembre, el calor aflojaba la correa.
Una bonita casita en
una bonita zona residencial, la típica casa de clase media alta tan típica del
país, aunque menos lujosa que algunas de las casas colindantes. El sueldo de
agente de la ley no está mal, pero tampoco es algo desorbitado si no lo
aderezas con algunos extras por aquí, algunos extras por allá, y ese, no era el
estilo de Dan, un tipo íntegro de los pies a la cabeza, una especie en
extinción dentro del cuerpo de policía de Sunshine.
Una habitación a
oscuras y silencio, mucho silencio. Unas botas de cuero que se resisten a
liberar el andar de su portador. Dan sentado en la cama intentando hacer los
menos movimientos posible para no despertar a su querida novia Lissy, quien
dormía plácidamente en su lado de la cama, desnuda, por supuesto, como a él le
gustaba que lo hiciese. Pues ahí morían los segundos, con el bueno de Dan
forcejeando con aquellas malditas botas que parecían cosidas a su piel...
aquella había sido una jornada muy dura, una noche movidita por decirlo
suavemente. Todo por culpa de unos de los matones del maldito Joshua Thorton,
que la había liado parda en el centro de la ciudad y quien presuntamente, había
asesinado a una jovencita y no una cualquiera, no, la hija de los Cardona, la
otra familia mafiosa de Sunshine que curiosamente, había sido asesinada unos
meses antes.
El tipo, Max Tyler,
había sido encontrado cubierto de sangre junto al cuerpo sin vida de la chica,
abrazándola como si la vida le fuese en ello y cuando llegaron los agentes,
incluído el propio Dan, este se lío a tiros con ellos... por suerte, no hubo
más heridos y entre todos pudieron reducirlo y encerrarlo entre rejas, Pos
supuesto, no duraría mucho allí, alguno de los hombres de Thorton iría a
sacarlo mas pronto que tarde, era sabido que el tal Max era uno de los perros
de confianza de la familia, gente peligrosa con la que era mejor no meterse
demasiado si uno no quería despertar con una bala metida entre ceja y ceja.
Pero Dan no era de esa clase de hombre, de esa a la que se puede comprar con un
fajo de billetes y que miran hacia otra parte cuando el guión así lo requiere y
eso, esa integridad, le había costado mas de una discusión con Lissy, quien
temía por la vida de su hombre.
Con las botas ya
guardadas dentro del armario, el agotado hombre se metió en el baño para darse
una relajante y merecida ducha bien fresquita... en la cama, Lissy ya se había
percatado de su presencia y jugaba a hacerse la dormida con la intención de
sorprender al bueno del agente Brackett en la ducha, cosa que hizo y cosa, que
éste agradeció, pues nunca se está lo suficientemente cansado para una mujer,
menos aun si eres Dan Brackett, el hombre.
3:57 de la
madrugada, había pasado casi una hora desde que terminase el encuentro sexual
de la pareja. Dan se despertó con los ojos escocidos, cubiertos de sudor y miró
la hora en el despertador. La garganta estaba totalmente seca, aquella chica le
había chupado hasta la última gota de su por otro lado, privilegiado y atlético
cuerpo. Se levantó y en la cocina se dio un buen atracón de agua helada, rebosando
esta por su boca y deslizándose por su musculado y depilado pecho. Una vez
saciado, se metió en el servicio y se admiró delante del espejo, ritual
habitual en la rutina de Dan, le encantaba mirarse al espejo, le encantaba
contemplar su cuerpo, era la clase de hombre que miraba fijamente a las
estrellas no para contemplarlas, sino para intentar verse reflejado en ellas.
Cutis perfecto,
media melena rubia, muy cuidada, ojos azules... el clásico tipo a quien no le
faltarían novias en la trena, a mas de uno le habría gustado clavársela por el
culo en más de una ocasión.
Dan comenzó a
tocarse la cara, tenía la piel grasienta, sin duda por culpa de las altas
temperaturas y aquella noche, tenía los ojos especialmente cansados, con unas
ojeras mucho más oscuras y marcadas de lo habitual. Pasó sus dedos sobre estas,
con cuidado, es sabido que esa es una zona muy delicada y cuanto menos se
toque, mejor. Lo hizo, los toco, deslizó los dedos al tiempo que se acercaba
más al espejo del baño, a la luz de la bombilla... fue entonces cuando lo
sintió, la piel, le tiraba como nunca, le quemaba, le quemaba tanto que no
podía soportarlo, tuvo que cerrar los ojos y llevarse las dos manos a la cara,
frotarse con fuerza.
De entre las manos,
comenzó a brotar la sangre, Brackett la sintió sobre sus pies descalzos,
húmeda, caliente, palpitante. Al vacilar hacia atrás, resbaló con ella y calló
al suelo golpeándose con fuerza en el costado. Al reincorporarse y mirarse al
espejo, la imagen que este le devolvió no era la suya, era la de la chica
asesinada, la hija de los Cardona, ensangrentada también, con la cara
desfigurada, tal y como la encontraron en la escena del crimen. Ésta, traspasó
el espejo y alargó los brazos hasta agarrar a Dan por los hombros, parecía
querer gritar, pero de su boca no salía ningún sonido, tan solo oscuridad y un
ruidoso silencio que le carcomía el alma al igual que la termita carcome la
madera....
- !Despierta Dan!
!Despierta!- Le gritaba Lissy mientras lo zarandeaba con fuerza. - Tan solo ha
sido una pesadilla mi amor, tan solo una pesadilla- le consolaba la bella mujer
con su dulce voz y amigable rostro.
No era fácil volver
a conciliar el sueño, nada fácil, no en la piel de Dan Brackett, no en un lugar
como Sunshine.
Para Dan Brackett
era difícil levantarse cada día y ver su reflejo en el espejo. Para Dan
Brackett era difícil sonreír cada día con la cantidad de imágenes que tenía en
la memoria de gente destrozada por la inmundicia de un lugar en el que el
destino era una libro escrito con rabia, imágenes como la de la joven Tanya
Chiang. Para Dan Brackett no era fácil tirarse, casi cada noche, a Lissy y
correrse dentro de ella, sintiéndose culpable por alcanzar un orgasmo que no era capaz de disfrutar. Para Dan
Brackett no era fácil llegar todos los días al trabajo y ser un agente de la
ley en un lugar en el que la ley no es mas que una broma. Para Dan Brackett no
era fácil mirar a su nueva compañera, la agente Rebeca Gillian a los ojos y
transmitirle la seguridad que ella
necesitaba, cuando sabía que en Sunshine seguir con vida un día mas era un
regalo, y mas ahora con la muerte de todo el clan Chiang-Carmona, y mas
sabiendo que los perros de Carmona estarían en aquellos mismos momentos
mendigando un humillante puesto de
trabajo al sr. Thorton para demostrar su nueva adquisición de fidelidad de
saldo, y hacerse merecedores del perdón y la confianza del dueño de Sunshine y
su estirpe para un futuro.
Para Dan Brackett no
era fácil dormirse cada noche y levantarse cada día en aquel lugar, de ninguna manera
era fácil, no, cuando sabía que él era mejor que todos aquellos que le
rodeaban. Así se lo había enseñado su familia, y así lo había entendido él.
Los Brackett eran
una de las familias tradicionalmente mas pudientes de Sunshine. Los negocios
inmobiliarios les había funcionado económicamente a las mil maravillas, y pese
a que en los bajos fondos era de sobra conocida su fama de especuladores y
usureros, gozaban de una saludable fama de gente honrada.
Dan Brackket nunca
supo lo que era la necesidad, al menos no la material ,pues siempre había
tenido todo lo que había deseado, pero había sido educado bajo el estricto
sentido de la responsabilidad, las buenas maneras y la perfección. También lo
había sido bajo el yugo de la soberbia y las apariencias.
Sus padres siempre
habían pensado en una profesión distinta a la de policía para su pequeño Dan,
pero aquello fue el único acto de rebeldía que se había permitido en toda su
vida, y además, él adoraba su trabajo, pues estaba convencido de que las cosas
se podían cambiar en aquel lugar, ¿cómo no iba a poder cambiarlo alguien como
él? Creía firmemente que si él no podía cambiar las cosas, nadie podría.
Sus padres
terminaron aceptando el trabajo de su hijo, No hay nada que no hagan unos
padres por sus hijos, ni aquí, ni en el infierno.
Así, Dan Brackett
intentaba dormirse de nuevo, intentaba olvidar aquel día en Sunshine, intentaba
atreverse a soñar que ser rodeado por los brazos de otro hombre no era algo de lo que debía avergonzarse,
pero ni siquiera se atrevía a intentar mantener ese pensamiento mas de tres
segundos en su cabeza, así que simplemente cerró los ojos de nuevo y fingió que
dormía, de la misma manera que fingía sentirse vivo cada día en esa cuidad.
A la mañana
siguiente, ya en comisaría, Dan saludó a la agente Gillian, a Wilson y al
Sheriff Woods. En aquella comisaría nadie llevaba donuts por las mañanas, nadie
comentaba el partido del día anterior, nadie tenía fotos enmarcadas de su
familia encima de sus mesas, en aquella comisaría solo había silencio, y ese
silencio solo se rompía con las conversaciones telefónicas de Wilson y Woods,
con un tono de voz extremadamente bajo, que solo indicaba la poca legalidad de
los asuntos tratados.
Dan rompía ese
silencio con el sonido de las teclas de su ordenador al ser pulsadas con
rapidez, y la joven Rebeca era incapaz de romper otra cosa que no fuera la
ansiedad por ser amada por su compañero de patrulla, y así se pasaba el día
mirándole furtivamente y soñando despierta que en otro momento y en otro lugar,
ella podría haber ocupado el sitio de Lissy Sunders.
Y en el silencio, el
grito
-¿cuando me vais a
sacar de aquí, putos perros?- preguntaba alguien a pleno pulmón desde el
calabozo
- Sheriff , ¿quiere
que baje yo y le haga callar? - preguntaba Dan a Woods mirando hacia la puerta
por la que se bajaba a los calabozos
-No hijo, a esta
mala bestia no le podría hacer callar nunca- decía Wilson, al tiempo que
gritaba "Cállate de una puta vez Max, si no quieres que te cierre yo esa
bocaza de un puñetazo"
La respuesta que
recibió el viejo Sheriff Wilson fue una sonora carcajada que dejaba claro el
papel de cada uno en aquella historia.
Dan volvía a su
sitio pensando que aquella panda de vagos e ignorantes no eran merecedores de
una placa, pero eso lo pensaba a cada segundo...
-Dan, no he podido
dormir nada anoche- le decía en bajo Rebeca acercando su silla a la de su
compañero- no me podía quitar de la cabeza las imágenes de Tanya Chiang. La
veía cada vez que cerraba los ojos.
-A mi también me ha
costado mucho Rebeca. Lo que ha hecho este animal no es comparable con nada que
haya visto hasta ahora. Solo espero que por una vez se haga justicia y que este
tipo termine en la cárcel siendo el juguete de los hombretones de allí. Si me
dejaran a mi, las cosas iban a cambiar, Rebeca le prometo que las cosas iban a
cambiar, solo estamos rodeados de basura... se lamentaba Dan
En esos momentos
Rebeca le adoraba como a un semi-dios, le hubiera besado lentamente diciéndole
con sus labios pegados a la sensual boca de Dan, que él tenía razón, que él era
la mejor persona que nunca había conocido en aquel lugar, que se moría cada vez
que se separaban, le hubiera dicho tantas cosas...pero Becky nunca decía nada,
y otra vez el silencio volvía a llenar aquella comisaría.
Media hora mas
tarde, alguien entraba en la comisaría abriendo la puerta con prisa.
-Vengo de parte del
sr. Thorton. Quiere que saquéis inmediatamente a su hombre del calabozo.
-Esta vez no será
tan fácil joven-decía el sargento Wilson subiéndose los pantalones- esta vez se
ha cruzado el límite, esto no va a ser como siempre.
-No es eso lo que
tengo yo entendido, viejo. Llévame a un sitio donde podamos hablar
tranquilamente- decía el vaquero calándose más su sombrero al comprobar cómo le
miraba el agente Brackett
Woods sabía lo que
aquello significaba, y solo significaba que esa noche cobraría dos pagas extras
por adelantado, así que se llevó a aquel hombre tan alto a su despacho,
mientras Wilson sonreía y gritaba "Max, ya puedes dejar de llorar, acaba
de venir a por ti tu niñera".
El pequeño despacho
de Brackett, era contiguo al del Sheriff Woods, compartido con su ayudante
novata, la agente Gillian. Ésta, había salido a solucionar asuntos de la
policia, es decir, a comprar algo de bollería a la pastelería que hacía esquina
en la misma calle de la comisaría y Dan, mataba el tiempo observando desde su
silla, pegado a la persiana que separaba con sus dedos, la reunión entre Woods
y el tipo de Thorton. No llegaba a escuchar nada de la conversación, pero no
hacía falta, no era necesaria mucha imaginación para saber lo que allí dentro
se estaba cociendo... la misma mierda de siempre. El Sheriff sentado en su
poltrona mientras el vaquero permanecía de pie con aquella pose de seguridad en
si mismo, tan atractivo pensó el bueno de Dan mientras no le quitaba ojo a su
trasero.
No se puede negar
que el tipo tiene un buen polvo, ¿de donde diantres sacará este Thorton a sus
secuaces? porque por todos los diablos, están todos para comérselos, incluso el
hijo de puta este del calabozo, asesino, si, pero madre del amor hermoso,
menudo encanto tiene el cabronazo, como me gustaría agarrarlo por la cintura
y...
Los pensamientos de
Dan se vieron interrumpidos por Rebeca, quien irrumpió en el despacho portando
una grasienta bolsa de la pastelería "Predi", el mejor regalo que
podía recibir un agente de la ley a aquellas horas de la mañana.
- !!Maldita sea
Gillian!!, le he dicho mil veces que llame a la puerta antes de entrar- saltó
un sobrecogido Brackett a quien se le derrumbaron cual antojo divino y de un
solo soplido todos los castillos de arena que se alzaban majestuosos, segundos
antes, en su cabeza.
- Perdona Dan, ya
sabes que tengo la cabecita un poco loca- contestó esta con voz nerviosa pero
sin dejar de mirar a los ojos de Brackett ni un solo instante y dejando con
brusquedad sobre el escritorio la bolsa de donuts.
- No pasa nada, pero
debe usted vigilar esa impulsividad suya, puede acarrearle problemas en el
futuro y no me gustaría que eso ocurriese, como ya le he dicho en más de una
ocasión, no solo soy su superior, soy su compañero y su amigo. Me preocupo por
usted, no lo olvide.
- ( no lo hago).
Brackett se acercó
hasta la mesa sin levantarse de la silla, era una de esas con ruedas de las que
es difícil levantarse, de las que crean adicción, y agarró uno de aquellos
suculentos y deliciosos donuts que solo sabían hacer en Predi al tiempo que la
reunión entre la mezquindad y el mensajero de la muerte, llegaba a su fin. El
vaquero salió del despacho del Sheriff y cruzó el pasillo dirección al
vestíbulo con el rostro complacido, sin duda, a esperar a que dejaran libre al
supuesto asesino. Esta ciudad apesta, pensó Dan pero eso si, sin dejar de
comerle el culo con la mirada al hombre cuando este dejó atrás la puerta de su
oficina.
-Bien, hoy tenemos
la mañana ocupada agente Gillian, debemos ir a Hawkson a hablar con el viejo
Terence, parece ser que sigue teniendo problemas con el ganado, esta madrugada
a encontrado a otra vaca muerta, de forma violenta y ya es la tercera en lo que
va de mes.... no me gusta este asunto.
- Hawkson? la
reserva india?- preguntó Gillian.
-Esa misma, y sus
conocimientos sobre el dialecto de su pueblo, me serán, como de costumbre, muy
útiles, así que ya puede terminar su desayuno e ir al baño si lo cree oportuno,
tenemos 45 minutos de viaje en coche y no querrá usted tener que orinar en
medio de la llanura, ¿verdad?
Rebeca hizo caso a
su compañero, ella siempre le obedecía, y tras terminarse su donut y respectivo
café, tiempo, en el que no dejó de observar ni un solo instante a un Dan, que
hacía lo propio consigo mismo con la ayuda de un pequeño espejo que siempre
tenía sobre su mesa, al lado del ordenador, regalo de Lizzy, por cierto y que
utilizaba a menudo para asegurarse de que todo estaba en su sitio, que lucía
como se supone debía lucir, que cada cabello permaneciera en su lugar, que su
piel tuviese la hidratación necesaria y su afeitado fuera tan ejemplar que
pudiera rivalizar en suavidad, con el culito de un bebé. Cada uno a lo suyo.
Rebeca, apoyada sobre su mano mientras algunas de las puntas de su larga melena
negra, chapoteaban y se mojaban los pies con los posos de su vaso de café.
Soñando despierta, como siempre y enfrente suyo, aquel pobre diablo que solo
tenía ojos para él y no era capaz de apreciar la belleza de aquella joven mujer
de sangre india que lo habría dado todo por una sola de aquellas miradas que
Brackett, dedicaba a alguno de los fornidos hombretones del lugar cuando se
atrevía a quitarse la máscara de la vergüenza.
Rebeca fue a buscar
el coche mientras Dan hacía los últimos preparativos, comprobaba su arma, era
muy meticuloso con los pequeños detalles, su uniforme y su placa. Todo en su
sitio. Justo antes de salir del despacho, sonó el teléfono. Contestó.
-Comisaría de
Sunshine, a la escucha el agente Brackett, dígame- pero no hubo respuesta tan
solo silencio. Dan colgó el teléfono de malas maneras y frunció el ceño.
Aquellas llamadas sin respuesta eran algo habitual desde hace unos días, no
solo en la oficina, también en casa. Alguien se estaba divirtiendo a su costa,
al menos, es lo que él pensó en aquel momento.
Cuando el caos,
disfrazado de seductora locura, llama a tu teléfono, es difícil mantener la
cordura.
Ya con la puerta de
la comisaría en la mano y un pie en la calle, el estruendo de un portazo y la
mezquindad embriagada por la cólera. El Sheriff, escupiendo demonios por la
boca y perdonando vidas con la mirada.
- !Malditos hijos de
puta!!Me tienen hasta los cojones!!
-¿Que ocurre
Sheriff?- preguntó intrigado Brackett aun sujetando la puerta.
- Esos malnacidos de
asuntos internos... han enviado a dos agentes para abrir una investigación
sobre supuestas "irregularidades".- Dan no contestó, tan solo dibujó
una tímida sonrisa y salió a la calle, donde le esperaba ya la agente Gillian
con el coche en marcha.
Y con el coche en
marcha, Rebeca solo pensaba en escapar de allí, como la mayoría de los
habitantes de aquella cuidad. Ella no podía huir tampoco de la sensación de
asfixia que le producía aquel lugar.
Cuando llegó el
agente Brackett le instó a moverse hacia
el lado del copiloto.
-Déjeme conducir a
mi agente Gillian, llegaremos antes. Usted indíqueme sólo cómo llegar a la
granja de Terence Yaku una vez que nos acerquemos a la reserva.
Rebeca se cambió de
sitio, ni siquiera era consciente de estar siendo menospreciada constantemente
por su compañero, y lo peor de todo, ella, que siempre había sido una mujer muy
guerrera, se estaba acostumbrando a no recibir ni un solo elogio por parte de
su compañero, y entendía que de esa forma, él demostraba que tenía interés por
ella. Curiosa forma de demostrarlo. Curioso que Rebeca Gillian dejara que le
hicieran eso un día tras otro sin invocar a sus mil demonios interiores y
arrasar con ellos el mundo.
De camino a la
reserva pocas palabras se cruzaron en aquel coche patrulla. Dan se limitaba a
ir pensando en Woods y en el asqueroso Wilson,
en la basura de Sunshine y en cómo cuando se tiraba al contenedor,
alguien siempre la volvía a sacar a la calle para que siguiera apestando y
pudriéndose allí. Obviamente se refería a Max Tyler y a toda la calaña que
había visto desfilar por los calabozos de una comisaría que se quedaba pequeña
para dar cobijo, aunque solo fuera por una noche, a todo el mal que Sunshine
ofrendaba cada día.
Rebeca miraba
tímidamente la cuidada mano derecha de Dan al cambiar de marcha cuando
alcanzaba la velocidad adecuada, y fantaseaba con cómo hubiera sido su vida con
una piel mas pálida, unos ojos claros, un pelo rubio y unas formas esbeltas,
envueltas en suaves vestidos de colores delicados y zapatos de tacón que
alargaran sus piernas hasta el infinito. Seguro que siendo así, siendo como
Lissy, Dan le pediría que se tomara una cerveza con él después del trabajo,
cosa que nunca había hecho . Ella suponía que así todo sería mas fácil. A veces
Rebeca era tan ingenua que era incapaz de seguir creciendo.
-Dígame Rebeca,
¿hasta que edad vivió usted en la reserva?
-Hasta los 17 años,
luego me mudé al centro de Sunshine- respondió escuetamente la agente Gillian.
Se notaba que la
guapa india no quería hablar del tema, ni ser interrogada al respecto, pero su
mirada a través del espejo retrovisor, desprendía una calidez tal al
encontrarse con la de Dan, que aquello se podía traducir en profundo
agradecimiento por lo que ella interpretaba como una gran muestra de interés.
Nada mas lejos de la
realidad, pues Dan había formulado esa pregunta porque nunca le gustó ir a la
reserva (siempre había intentado mantenerse totalmente apartado de los temas
que los indios trataban). Para él, la reserva no era mas que un ghetto y lo
único que esa pregunta pretendía descifrar, era si la presencia de Rebeca allí,
iba a suponer una amenaza mas que una garantía de seguridad.
-Gira a la derecha
Dan, si vamos por este camino, llegaremos directos a la granja Yaku- dijo
Rebeca aproximadamente un kilómetro antes de llegar a la reserva.
Dan hizo lo que se
le indicaba , y en pocos minutos ya estaban en la granja.
Antes de bajar del
coche, el viejo Terence ya había salido a su encuentro
-Rebeca, me alegra
verte, ¿cómo estás?- preguntó Terence extrañado de ver a su joven antigua
vecina allí
-Bien Terence, me
encuentro bien. ¿Cómo está su esposa?- respondió Rebeca con otra pregunta.
-Falleció hace
cuatro años
-Lo siento mucho
Terence, no lo sabía- se apresuró a decir Rebeca visiblemente incómoda
-Soy el agente Dan
Brackett- se presentaba Dan, viendo que, en aquella situación, él estaba
quedando en segundo plano
-Yo soy Terence
Yaku. Disculpe un poco la sorpresa, creí que vendría el sheriff personalmente,
que es lo que habíamos acordado por teléfono.
-No ha podido venir,
ya sabe, urgencias de última hora- se disculpaba Dan sabiendo que probablemente
tales urgencias, lejos de hacerse cargo de los de asuntos internos, le llevaran
a un callejón a follarse a una puta, a la que previamente habría amenazado con
hacerle pasar la noche en el calabozo si no le hacía una buena mamada- Díganos,
¿cuantas reses han aparecido muertas?
-Tres en lo que
vamos de mes. Ayer apareció la última. La tengo en el granero, si me
acompañan...
Todos echaron a
andar. Terence contrariado porque creía que, al final, con la gente que le
había mandado Woods, no resolvería nada. Rebeca nerviosa, porque aquel lugar no
le gustaba y no quería estar en la reserva, ni en sus alrededores mas de
un minuto, y Dan disgustado porque no
había recibido la bienvenida que se merecía, y harto de que en aquellos lugares
siempre oliera a rancio.
Una vez en el
granero, los agentes comprobaron que la vaca muerta, había sido disparada a
bocajarro, al menos en cinco ocasiones, lo que solo podía significar que al
viejo Terence, alguien le estaba dando un pequeño aviso.
Esa táctica,
utilizada para amedrentar a los residentes de la reserva, no era la primera vez
que se utilizaba. Naturalmente, eran asuntos relacionados con préstamos no
abonados a tiempo, y esa solía ser la marca del clan Chiang- Carmona, pero
ahora que habían muerto todos, aquel ganado destrozado, representaba un
misterio que Dan y Rebeca tendrían que resolver.
-¿Ha pedido usted
algún préstamo ultimamente sr. Yaku? Ya
me entiende...- preguntaba Brackett al tiempo que se quitaba las gafas de sol
por primera vez desde que había bajado del coche.
-No, ninguno.
¿Insinúa que yo me he buscado esto?- preguntó Terence mirando fijamente a Dan,
para acto seguido comenzar a soltar improperios en la lengua de la reserva, que
Rebeca contestaba de la misma forma.
-¿Qué está diciendo,
Rebeca? Dígame inmediatamente de qué están hablando
-Nada Dan, sólo está
algo nervioso, le estoy tranquilizando- disculpaba Rebeca al granjero.
-Escúcheme anciano,
vengo de buenas maneras y entiendo la situación, pero yo soy un agente de la
ley, y ante todo, usted me debe respeto, ¿me entiende?, Así que, en mi
presencia, intente hablar de una manera en la que yo le pueda entender, que sé
que puede hacerlo perfectamente.
Justo en ese
momento, se oyó a una furgoneta aparcando a escasos metros del granero. Terence
y los agentes salieron a ver quién hacía una visita a la granja en tan
inoportuno momento.
De la furgoneta bajó
un joven indio de unos veintisiete años. Terence se alegró de ver una cara tan
familiar en un contexto tan desagradable, pues se sentía profundamente ofendido
por la pregunta de aquel agente tan prepotente. Él ya había dejado claro, en
sus múltiples llamadas al sheriff Woods, que aquello no se trataba de un ajuste
de cuentas. Dan creyó que aquel indio era una ángel caído del cielo, o
directamente un dios, pues nunca en su vida se había encontrado con un hombre
tan sumamente atractivo. Rebeca sintió cómo todo el peso del pasado le caía
encima de golpe, y solo se preguntaba si tendría valor para volver a hablar a
aquel hombre después de tantos años.
-Terence- saludó el
indio haciendo un gesto con la cabeza, para acto seguido mirar a la joven
policía- Rebeca, ha sido mucho tiempo sin saber de ti, ¿cuantos años ya? ¿seis?
¿siete?- preguntaba aquel hombre de atlética figura, mientras retiraba su
larguísima, lisa y negra melena hacia atrás.
-Sí, Lem, muchos
años- fue lo único que acertó a decir la agente Gillian antes de mirar al suelo
y desear que la tierra se abriera y la devorara, pues los recuerdos amargos se
pegaban a ella como una segunda piel.
-Soy el agente Dan
Brackett- se apresuraba a decir Dan.
Mientras tanto, el
huevo se consumía sobre la sartén, el aceite hirviendo doblegaba no solo la
carne, también la voluntad a aquella pobre criatura que nunca fue, pero que
pese a todo, parecía que podía sentir todo la amargura del abrasador dolor bajo
los ecos de su agonizante llanto. Algunos dirían que tan solo era el sonido del
aceite en contacto con la clara cociéndose, pero serían aquellos menos dotados
para apreciar los pequeños detalles de la vida, ese universo dentro de un
universo, y otro, y otro, y otro, como una de esas muñecas matrioskas. Hay que
prestar suma atención a los detalles, agudizar el ingenio a cada segundo que
existimos dentro de la vieja caja de zapatos reconvertida en improvisado
ecosistema, observar más allá de las secas hojas de lechuga e intentar avanzar
hacia alguna parte por más que nos cueste despegarnos del rastro y nauseabundo
hedor de nuestra propia baba, que se nos engancha a la piel, a los ojos, y no
nos deja ver, mientras fuera, un niño malcriado agita nuestro pequeño mundo con
sus inmundas manos para su propio regocijo y ni siquiera sabe porque. Luego, le
quita la tapa, la oscuridad desaparece y descubrimos, con los ojos pegajosos y
aun medio cerrados que aquellos tímidos rayos de luz, aquellos que entraban por
los siete u ocho agujeritos hechos con un bolígrafo, por una supuesta bondad
superior para concedernos el privilegio de respirar, que nos daban esperanza mientras nuestro
tiempo se consumía, no eran tan luminosos, pues la oscuridad de fuera de la
caja es aun más intensa que la del interior. Y nos ciega.
Estamos ciegos.
Woods no es de esas
personas capaces de apreciar los pequeños detalles, su esposa, Rita, tampoco,
si no, ya haría tiempo que habría desenmascarado a su adúltero y canalla
esposo. Bonita farsa la de los Woods. Ella, Rita, satisfecha y orgullosa de
estar casada con la máxima autoridad de la ley de aquella sucia caja de
zapatos. Siempre con la cabeza alta los domingos, en la iglesia, cuando
acompañaba religiosamente a su círculo de amistades a la casa del señor, hogar
de adopción del padre Richard, párroco de Sunshine, pues los tentáculos de
Cristo todo poderoso y omnipresente se extendían incluso por aquella tierra.
Repulsivo el padre Richard, no porque fuera un tipo harto desagradable a la
vista, metro sesenta, gordo, cincuenta y tantos, con un rostro que ponía al
descubierto las inmoralidades perpetuadas por su sangre, nacido de la
incestuosa unión de dos familiares, algo que por supuesto, no era de dominio
público, pues para colmo, la familia Richard era una de las mejores vistas y
mejor consideradas de todo Sunshine.
Pues si, ni siquiera
era aquel rostro a medio camino entre lo considerado de forma coloquial, como
normal y los vestigios de ciertos rasgos de mongolismo o deficiencia mental lo
que lo convertían en el asqueroso abanderado de lo impío e incitador al vómito.
Tampoco su falsa moralidad y evidente aunque alquilado fanatismo religioso,
disfrazado con el cual, miraba a todas aquellas gentes desde arriba hacia
abajo, sintiéndose un ser superior cuando en realidad tan solo era una rata de
alcantarilla cegada por el olor de sus propios excrementos... no, tampoco era
por aquello, incluso el hecho de que abusase de forma habitual y sistemática de
todos los pequeños que unas madres sin ojos, le entregaban desnudos y con una
manzana asada en la boca para que aquel degenerado saciara sus fantasías
sexuales con ellos en nombre de Dios.
No, lo que condenaría
al padre Richard a los infiernos por el resto de la eternidad, para siempre, y
eso es mucho tiempo, era su afición por calzar sandalias de piel todos y cada
uno de los días de su miserable vida. Aquello si era repugnante, porque todo
hombre que calce uno de estos calzados, no solo no debe ni puede considerarse a
si mismo como tal, sino que además,
merece pudrirse en eterno confinamiento alejado por siempre jamás y sin
posibilidad de indulto o redención, de la civilización.
Vergüenza sentiría
ese al que llaman Dios allá por los cielos, viendo que su hogar, prestado al
hombre para hacer su voluntad y transmitir su palabra, se había convertido en
una auténtica casa de putas, como las amigas de Rita, tan estiradas ellas, tan
bien vestidas, tan perfumadas mientras se reían las gracias entre ellas al
tiempo que criticaban a sus vecinos y entre ellas, por supuesto, la más
brillante de todas, Rita, la más engreída también, con sus propias bragas
sucias de deseo metidas en la boca mientras la soberbia se la folla por delante
al tiempo que le tapa los ojos ciegos con su transparente mano, ego
autoalimentado por la falsa idea de pensar que era mejor que todas sus amigas,
que éstas la envidiaban por estar casada con alguien importante, cuando la
verdad era que en aquel corrillo de arpías, envidias y reproches silenciosos,
no había ninguna que no hubiese sentido la polla del Sheriff dentro de su
estrecho culo, que no se hubiese tragado hasta la última gota del dulce jugo de
sus pelotas. Amigas se hacían llamar entre ellas.
Abre los ojos Dios,
dirígelos a tu morada en la tierra y avergüénzate de lo que has creado.
El tiempo no pasa en
balde y pasa para todos. En la mesa, Woods, quien de forma habitual regresaba a
casa a eso de las 12:00 todos los días para darse un pequeño almuerzo y de
paso, aprovechando la ausencia de su mujer, la cual desarrollaba tareas
sociales en el centro de la ciudad para los menos afortunados, tirarse a alguna
de sus amigas en su propia cama, ya había devorado su desayuno: huevos fritos,
bacon, tostadas y café. Pero aquella mañana, Woods no estaba para juegos
sexuales, la noticia de la llegada de los de asuntos internos unas horas antes,
le había quitado ese apetito. Había mucho que esconder en Sunshine y mucho que
perder también, si esto se encontraba.
-Sunshine es un
lugar peligroso, un lugar donde la muerte ni siquiera se toma la molestia de
esconder el rostro bajo una capucha. Lo que no se puede comprar, se le puede
ofrendar a nuestra buena amiga- se decía el Sheriff a si mismo mientras se
colocaba de nuevo el cinturón y colocaba en su sitio su arma.
Mientras, en la
reserva, Brackett y Gillian interrogan a Lem mientras éste descarga la leña de
la parte trasera de su furgoneta ante la atenta mirada del sr. Yaku.
-Y díganos Lem, ¿ha
notado usted ultimamente algún comportamiento diferente en la reserva? ¿algún
movimiento extraño?- preguntaba el agente Brackett intentado modular su voz
para parecer un tipo duro, y así mimetizarse con la sensual rudeza del indio.
-¿ A qué se refiere
exactamente, agente? ¿A si ha venido algún forastero? ¿a si alguno de nosotros
se ha emborrachado mas de la cuenta estos días? Dígame, ¿a qué se refiere exactamente? Hable
claro- dijo el indio, sin dejar de mirar
a la agente Gillian mientras cargaba con kilos de leña y se le hinchaban las
venas de los brazos. Detalle que no pasó desapercibido para Dan, quien devoraba
a Lem con la mirada, quien sentía un deseo irrefrenable de lamerle despacio
esas venas, y recorrer con su lengua los ríos que se formaban en las deliciosas
extremidades morenas de aquel hombre. Dan también sentía que se le hinchaban
algunas venas.
-Por favor, míreme
cuando le estoy hablando- replicó Dan, harto de que fuera Rebeca la que se
llevara toda la atención de Lem- Por supuesto que me refiero a si ha visto a
alguna persona que habitualmente no suela rondar la reserva!
Lem dejó de
descargara la leña, miró a Terence como buscando su aprobación, y
acercándose a los agentes para terminar
de clavar su mirada en Dan, dijo:
-Pues los hombres de
Thorton estuvieron aquí la semana pasada, supongo que tendrá algo que ver con
la desaparición del mapa de Sunshine del clan de Alexandre Carmona, supongo que
querían demostrar una vez mas quien manda en esta jodida ciudad, supongo que no
saben que la reserva está aparte, y que en su necedad creen que también nos
arrodillaremos ante ellos, supongo que se pasearon por algunas casas y que
interrogaron a alguna gente para intentar intimidar, supongo que siguen
creyendo que la reserva es un epicentro de droga, supongo que creyeron que de
paso se follarían a alguna nativa de la reserva y supongo que ustedes ya
estarán al tanto de esto. Como ve, agente Brackett, yo no tengo respuestas,
solo suposiciones, y precisamente es su
trabajo encontrar si tras estas suposiciones, hay algo de verdad o no.
Dan Brackett comenzó
a sentir una mezcla de deseo (dios, le hubiera gustado follárselo a muerte en
ese mismo momento), y de ira, pues no concebía la idea de que un jodido indio
quedara por encima de él ni lo más mínimo, y menos delante de su compañera
Rebeca.
-Siga descargando la
leña, ya ha hecho usted suficiente por nosotros- dijo Dan carraspeando para
suavizar la garganta y que así, la
saliva que tragaba al lamerse las heridas del orgullo pasara mejor.
Lem puso una media
sonrisa, cogió unos cuantos troncos más, miró fijamente a Rebeca y le dijo
"no te olvides de donde vienes muñeca, no des la espalda a tu pueblo, haz
las cosas bien, aunque solo sea por una vez en tu vida", acto seguido la desnudó con una mirada que la
agente Gillian conocía muy bien, pues antes de ser agente, cuando solo era
Becky, Lem había sido el único hombre que la había resucitado un día tras otro
en la reserva, cuando ella se empeñaba en dejar que Tánatos la acariciara
suavemente el rostro.
Mirar a aquel hombre
a los ojos, verse a través de él le dolía como si una lanza le atravesara de
lado a lado perforando pulmones y corazón, pues bien sabía ella que Lem tenía
la gran habilidad de conocerla mejor de lo que ella se conocía, y que nada mas
mirarla, él había visto con claridad
cómo habían sido estos siete años en Sunshine.
En realidad nadie
sabía nada, nadie conocía nada, y en esa ignorancia eran grandes, pues el
conocimiento de la realidad les habría llevado a todos y cada uno de ellos a un
callejón sin salida llamado infelicidad.
-Agente Gillian, ya
hemos terminado aquí- dijo Dan, haciendo un gesto con el brazo que invitaba a
la india a que le acompañara al coche.
-¿Ya está?¿ Esto es
todo?- se quejó Terence Yaku- Esto es como siempre, lo que pasa en la reserva,
se queda en la reserva ¿no? Luego quieren que les llamemos, claro, ustedes son
las fuerzas de la ley, las fuerzas del orden, pero a la hora de la verdad, la
única ley y el único orden que conocen es el dinero. Pues tened por seguro que
esto no va a quedar así, si al final descubrimos que el gran hijo de puta de
Thorton está detrás de todo esto...
Luego se volvió a
dirigir a Rebeca Gillian , para decir en la lengua de Hawkson que si ella
permitía que eso quedara así, que mas le valía no volver a aparecer por la
reserva con su limpio uniforme y su sonrisa forzada, porque por mucho que se
lavara, ella olía a india a kilómetros y eso es lo que era, y un indio sin
hogar y sin raíces solo era un trozo de carne.
-Por favor Terence,
tranquilícese, haremos todo lo posible por resolver el caso. Hemos venido a
ayudar, pero debemos seguir una serie de protocolos. Ahora que tenemos sus
testimonios, haremos un informe, lo pasaremos a nuestros superiores y en cuanto
nos den los permisos necesarios comenzaremos la investigación de los hombres de
Thorton- se disculpaba Rebeca
-Venga Rebeca,
cierre la puerta- dijo Dan arrancando el coche patrulla al tiempo que se miraba
en el espejo retrovisor y comprobaba que estaba perfecto, que era perfecto.
El coche comenzaba a
alejarse. Lem y Terence miraban con los dientes apretados cómo, una vez más, no
eran mas que un atajo de parias para los de la ciudad, y era curioso, que
alguien de Sunshine pudiera creer eso de alguien que no estuviera con la mierda
de esa ciudad hasta el cuello.. y si algo tenía la reserva Hawkson, era que
ellos limpiaban sus propios excrementos.
- Bueno, Rebeca,
parece claro que el bueno de Terence no dice todo lo que ha ocurrido, si no,
¿por qué iban a venir aquí los matones de Thorton para intimidar?
-Pues como ha dicho
Lem, para dejar claro que ya no hay mas que una familia ante la que postrarse.
Supongo que lo harían por si en la reserva no habían llegado las noticias de la
masacre Chiang- respondió Rebeca
- Rebeca, eso no
tiene sentido, esas noticias son las primeras que se gritan a los cuatro
vientos, y le puedo asegurar, que ese viento llegó a la reserva antes de que el
sol saliera de nuevo. Los hombres de Thorton buscaban algo más, de eso estoy
seguro, y Terence sabe lo que es, el tal Lem ese también debe saberlo, y esta
es nuestra oportunidad de ponernos en marcha para hacer algo decente en esta
maldita cuidad, este es el momento de intentar hacer las cosas bien, y créame,
solo yo sé hacer las cosas bien- argumentaba en su monólogo Dan, pues de haber
podido hablar Rebeca, no habría servido para nada, a él solo le gustaba
escuchar el sonido de su voz- Por cierto, ese Lem y usted parece que se
conocían bastante bien ¿me equivoco?
Una vez fuera de la
comisaría, montados ya en el coche, Max le preguntó a James si era su nueva
putilla
-¿Tu putilla? Lo
siento amigo, no eres mi tipo- respondió James, para acto seguido preguntar-
¿qué pasó? ¿por qué he tenido que venir a por ti aquí?
-Nada en especial,
me pasé un poquito con una zorra y a su chulo no le hizo gracia, invitó a sus
amigos a la fiesta y una cosa llevó a la otra- respondió Max ladeando su
sonrisa
-¿Qué le hiciste a
la puta?- insistió James
Pero nunca hubo
respuesta, jamás la hubo. En los primeros minutos con Max, James ya empezó a entender a su nuevo socio. Su
silencio significaba muchas cosas, Max controlaba todas las situaciones solo, y
en su soledad necesitaba una tranquilidad negada en esa cuidad, un respiro que
solo el silencio le proporcionaba, así solo su conciencia era la que hablaba, y
no paraba de decirle cosas, joder, la conciencia nunca paraba de hablar.
Llegaron a la
mansión Thorton. Joshua les esperaba en el salón. En la mesa tres vasos de
whisky.
-Pasen caballeros-
invitaba cortésmente el capo de Sunshine
-Jefe, espero no
haber causado ningún contratiempo en mi ausencia
-De entrada
Max, me has costado unos cuantos
billetes mas de lo que creí. Te tengo dicho que controles ese genio que tienes.
Ya empiezo a cansarme de tus juegos y de tener que ir en tu ayuda cada vez que
se te va la mano. Sabes que te aprecio, pero o empiezas a controlarte o voy a
tener que tomar otra medidas.
-Lo tendré en cuenta
sr. Thorton- se disculpaba Max
James permanecía
atento a cada palabra, a cada gesto. Aquella era la segunda vez que pisaba
aquella mansión, y necesitaba entender el mundo del que ahora formaba parte.
-Pero coged un vaso,
por favor. Quiero hablarles del tema de la reserva india. He mandado allí a un
par de hombres estos días, para hacer un poco de relaciones sociales, ya me entendéis,
nada importante, algunas vacas muertas son suficientes para presentarnos con un
buen apretón de manos. El caso es que quiero empezar un nuevo negocio en la
reserva ya que es una zona neutral y tranquila, y con neutral me refiero a que
la policía no husmea mas de lo necesario por allí. Bien, pues como todos
sabemos, los indios son muy suyos con según qué negocios, y no atienden a
propuestas económicas, cosas de chamanes o qué sé yo!!!jajajaja- reía
desproporcionadamente Joshua Thorton- El caso es que con mis hijos fuera de
Sunshine, necesito a alguien que se responsabilice de que esas transacciones salgan como quiero, y para ello
he pensado en vosotros dos.
- Pero jefe, si a
este tipo ni le conozco- decía Max extrañado de que aquel vaquero hubiera entrado
por la puerta grande.
-Max, hijo, este
negocio no puedo encargárselo a Héctor, y sé que tú sabrás qué hacer en todo
momento. A James, ya le conocerás mejor, algo me dice que os vais a entender
muy bien, y así le vas enseñando todo lo que necesita saber.
-Gracias por la
confianza señor- decía tímidamente James
- La confianza hay
que ganársela. Esta es tu oportunidad, no me falles- terminó de decir Thorton
apurando su vaso de whisky.
Cuando salieron de
la mansión, Max sin mirar a James, dijo en alto "ahora ¿quién es la niñera
de quién?", se puso sus gafas de sol, y entró en la furgoneta.
Aquella misma noche,
los vaqueros habían quedado para acercarse a la reserva y hacer una visita
nocturna a las buenas gentes del lugar. Si lo de darle pasaporte a cuatro vacas
no era suficiente mensaje para ellos, habría que intentar ser algo mas directos
en las conversaciones, sobretodo ahora que, la policía, o algunos de sus
miembros a lmenos, comenzaban a husmear en el asunto. Es por eso que aquella
misma noche, James esperaba a su recientemente nombrado socio, en la puerta de
su casa sin apagar el motor de la furgoneta que les había regalado el Sr.
Thorton para uso de la "empresa". Como era habitual, Max llegaba
tarde, pasaban ya quince minutos de la hora acordada y aunque pueda no
parecerlo, quince minutos pueden parecer a veces, en ciertas ocasiones, una
jodida prisión en el maldito umbral del tiempo. Aquella fue una de ellas, en
las que un nervioso James, intentaba distraerse contando las estrellas del
cielo, comprobando que estas, seguían estando todas en su sitio y que seguían
acompañándole en su eterno viaje hacia ninguna parte.
La noche había caído
apenas hacía unos minutos y todas las ratitas de aquella ciudad de mala muerte,
parecían desaparecer de la faz de la tierra cuando el flautista, oculto entre
líneas que no todo el mundo sabía leer, dejaba de hacer sonar su flauta, Cuando
el silencio recuperaba aquello que por definición debía ser suyo de manos de
tan persuasivo sonido, la cordura parecía cubrir con suma delicadeza la vida de los habitantes de Sunshine. A
salvo, en sus escondrijos de la tentación de un nuevo mundo que se empeña en
apretar y apretar hasta desquebrajar el cristal que separa el conocimiento de
la ignorancia hasta que un día se rompe y el destino viene a pasar cuentas. Que
levante la manto aquel que esté libre de culpa, que esconda la culpa aquel a
quien aun le quede algo de cordura.
Lo extraño, lo
curioso, lo atípico de aquella noche Sunshiana con respecto a otras tantas, no
era aquella soledad, aquel silencio, aquella ausencia de alma. Lo realmente
diferente, no se encontraba en la tierra, sino en el cielo, junto a las
estrellas, menos luminosas de lo habitual eclipsadas por el inesperado brillo
de una luna orgullosa que rara vez se dejaba ver en todo su esplendor por
aquellos recovecos de la creación. Aquella misma noche, la luna llena brillaba
tanto y con tanta fuerza que uno podía verse reflejado en ella.
Corrían leyendas en
Sunshine. En especial, en la más que abundante población india del lugar, sobre
terribles y sanguinarios demonios que caminaban entre los mortales las noches
de luna llena, que en aquellas noches, pocas, una cada muchas, muchas, muchas
lunas, estos seres, atraídos por su embriagador brillo, eran arrastrados por tan
precioso astro hasta la vulgaridad y mezquindad de los dominios del hombre para
poder así alimentarse de su carne y de su espíritu. James capitulaba sobre toda
esta imaginería mientras apuraba las últimas gotas de Shark de su vieja petaca
a la espera de que su nuevo compañero de fatigas se dignase a dejarse ver.
No tardo mucho más.
Max salió del portal de su edificio y sin mediar palabra se metió en el coche y
se sentó en el asiento del acompañante. James, al ver que este se había dejado
la boca y los modales en casa y tras observarle durante unos segundos, no pudo
esconder su sarcasmo.
- Parece que estamos
habladores esta noche, podrías decir algo socio, no se, un "hola", un
gruñido, algún tipo de sonido, algo....- le dedicó con un tono de voz atípico en
él y que denotaba cierto nerviosismo. Max ni le miró.- Como quieras. Veo que no
eres un tipo muy hablador. Mejor, yo tampoco.
- Mejor-replicó Max-
entonces nos llevaremos bien tú y yo. Si no me tocas mucho los cojones y
respetas mi espacio, puede que incluso tenga la delicadeza de no matarte,
aunque esto, no te lo puedo asegurar, pues no me gusta prometer cosas que luego
no pueda cumplir- bajó su ventanilla y apoyó el brazo en la ventana mientras un
algo descolocado James, arrancaba la furgoneta.
No en aquella
ocasión, pero mas adelante, James descubriría que aquella actitud de Max, no
era algo habitual, que aquel no era el auténtico Max, que si el silencio le
había amordazado la boca, era porque algo le consumía por dentro, algo tan
terrible que incluso le había robado las palabras a aquel volcán en contante
erupción. Aquella misma noche, James, las estrellas y la jodida luna llena,
fueron testigos del sufrimiento de un alma que lo había perdido todo, al menos,
aquello que más había querido nunca. Fuese lo que fuese lo que ocurriese en el
centro con la hija de los Chiang la noche anterior, una cosa estaba clara,
había cambiado al vaquero para siempre.
Aquella misma noche,
Max, había perdido la esperanza y su socio, sin saberlo, se había convertido en
el único vínculo entre la más absoluta de las desesperanzas y el mundo real.
Aquella misma noche.
Con todo, la goma no
se detenía. Las ruedas de la furgoneta acariciaban el asfalto de las carretera
primero para dejar paso a la tierra de los caminos secundarios que llevaban a
la reserva. Una jaula dentro de la jaula. Eran ya alrededor de las 12 de la
noche, minuto arriba minuto abajo cuando un James con la mirada al frente pero
con la mente en otro lugar, uno muy lejano, era golpeado con fuerza en el brazo
por su acompañante:
-!Frena idiota!!- le
grita este- !!frena!!- para pisar el freno con su bota al tiempo que lo hacía
el sorprendido conductor. La furgoneta derrapó sobre el camino y giró sobre sí
misma a gran velocidad, precipitándose hacia el arcén para ser engullida por la
espesura del bosque, estrellándose contra los árboles con suma violencia. Todo
quedó en silencio por breves instantes. En el interior, Max y James seguían con
conocimiento y poco a poco iban recuperando el aliento perdido. Magullados, el
primero ensangrentado, con el labio roto, parecía regocijarse con el sabor de
su propia sangre, el segundo, le miraba extrañado y le preguntaba que diablos
había ocurrido.
- He visto algo
joder, en la puta carretera. Había alguien en medio de la jodida carretera. Una
silueta... (si Max, dilo, una silueta... ¿una silueta de que? una silueta de
mujer, de una joven y bella mujer cubierta de sangre suplicándote que la
ayudases, recriminándote porque no habías sido capaz de protegerla tal y como
le prometiste una vez... la silueta de Tania, díselo, ten valor, sé un
hombre...), una silueta de alguien... no sé...-
James aun con la
vista borrosa por el impacto, miró hacia la carretera, pero no había nadie, por
lo menos no pudo ver a nadie.
- ¿Estás seguro? yo
no veo a nadie... maldita sea, eres un jodido loco, casi nos matas a los dos
por tus putas paranoias, maldito cabrón, como me la vuel...- James no tuvo
tiempo de terminar la frase cuando un golpe, un estruendo, golpeó el silencio,
golpeó el metal de la furgoneta, había algo sobre el techo. Algo muy grande.
Los vaqueros se
miraron con el rostro descompuesto mientras lo que fuera que había sobre el
vehículo, andaba sobre el techo. A continuación, una tímido gruñido y un
pestilente aroma a muerte que se colaba por las ventanillas y por el cristal
roto de delante y les rodeaba el cuello con sus garras, suave, muy suave, como
jugando con ellos... de repente los pasos cesan, los vaqueros miran hacia
arriba, como intentando ver a través del metal. Los dos sacan muy despacio sus
respectivas pistolas y en convenio no escrito, disparan al unísono sobre el
techo, momento en el que un grito desgarrador y un aullido agónico revelan
nuevamente la presencia del extraño quien entre los disparos de los vaqueros,
salta de la furgoneta y se pierde en el bosque.
- ¿Que coño ha sido
eso?- pregunta James, mientras Max de un brusco golpe de hombro abre la puerta
de la furgoneta y sale de ella con la vista fija en el bosque.
-Socio, no tengo ni
puta idea, a veces, la ignorancia, es un camino tan válido como cualquier otro
para obtener la felicidad, aunque al final termines cayendo por un precipicio y
revientes tus huesos contra la realidad, pero, una cosa si sé, fuese lo que
fuese, se ha ido dirección a la reserva, y un servidor, no piensa poner un pie
en ella, al menos, no esta noche. Dime, ¿podremos hacer que se mueva este
trasto?
-Empresas más
complicadas se han visto, además, pese a que pareces un jodido enclenque
marica, dicen por ahí que tienes un buen par de cojones... vamos a ver si
podemos mover esto entre los dos.-
Max no contestó. Tan
solo guardó su arma y sonrió.
Esa noche Dan no
pudo dormir. Hubiera sido una noche más, de tantas en vela, de no haber sido
porque esta vez quien ocupaba su mente era su compañera Rebeca, y no por los
motivos que ella hubiera deseado, sino porque él había interpretado el silencio
de la india cuando le preguntó por su relación con Lem, como un pequeño acto de
rebeldía,y joder, él era quien la estaba
enseñando todo cuanto que ella debía saber, él era Dan Brackett, y a él no se
le quedaba callado ante una pregunta nadie, nadie en aquel maldito pueblo, y
mucho menos una niñata como su compañera, que bebía los vientos por él y a la
que esa altivez no le sentaba nada bien. Y dándole vueltas a la cabeza sobre
ese asunto, cayó en la cuenta de que ella le importaba mas de lo que le hubiera
gustado admitir, y esa sensación no le gustaba nada, nada de nada. También de
vez en cuando se colaba en aquella noche en vigilia el indio de larga melena y gesto
desafiante que había conocido ese día, y una sonrisa en sus labios desvelaba lo
que su entrepierna intentaba ocultar.
Por su parte, Rebeca
tampoco pudo dormir aquella noche, los demonios del pasado eran feroces y le
recordaban demasiadas cosas, demasiadas noches sumida en un pánico cómplice de
la reserva, demasiadas noches esperando que Lem la sacara de allí y pudiera
dejar atrás el rostro de su padre clavándose en su interior, recriminándola
cada cosa que hacía, destruyendo todo en lo que ella se convertía, obligándola
a apretar los dientes y callar, dejando que ella se alejara mas y mas sin
intentar retenerla, al menos psiquicamente, pues en la reserva era muy difícil
que una muchacha se pudiera independizar, ya que dinero era lo que siempre
faltaba. Y dando vueltas en la cama, quiso dejar de pensar, pero los recuerdos
de su primer año en Sunshine, llegaban y la estallaban dentro con la fuerza de
un meteorito que cae en plena noche y dibuja un profundo círculo en la tierra.
Ella tenía la marca de ese círculo en su conciencia, y en lo más oculto de
esta, el asco hacia sí misma al recordar a cada hijo de puta que había dejado
que se la follara por unos pocos
billetes.
Aquella noche la
luna brillaba demasiado y la majestuosa luz iluminaba los remordimientos de una
manera atroz.
A la mañana
siguiente, Dan y Rebeca se vieron en la comisaría, se saludaron como siempre,
pero Dan no dejaba de observarla y ella, invirtiendo su papel, se mostraba
distraída y pensativa.
-Rebeca, cuando
vayamos a hablar con Woods para hacer el informe de lo acontecido en la
reserva, por favor omita todos los detalles que pueda, con que el sheriff sepa
cuatro cosas es suficiente. Como le dije
ayer, esto tenemos que hacerlo por nuestra cuenta o se quedará en tierra de
nadie, como todas las cosas que implican a la gente de Thorton- dijo Dan
practicamente susurrando a su compañera.
No había terminado
de decir esto, cuando, sonó su teléfono, en la pantalla de este, la extensión
directa del Sheriff Woods
-Brackett, ven a mi
despacho y tráete a Gillian
-Ahora mismo,
Sheriff- respondía con el teléfono en el hombro Dan, para meterse correctamente
la camisa del uniforme por dentro del pantalón
-Vamos Rebeca, el
jefe quiere vernos-le decía a su compañera echando un último vistazo a su
reflejo en el espejo de su despacho.
Entraron en el
despacho con algo de sorpresa, pues pensaban que allí estaría Woods sólo,
recostado sobre su silla como era costumbre, y en lugar de eso, se encontraron
con dos personas más vestidas de calle.
-Agente Brackett,
agente Gillian, estos son los detectives Williams y Gordon, de asuntos
internos- presentaba el Sheriff- han venido a hacernos unas preguntas.
Tras los
correspondientes apretones de manos, el detective Williams le explicaba que
estaban llevando a cabo una investigación sobre una serie de irregularidades en
Sunshine, y que les gustaría hacerles unas breves preguntas a toda los agentes
de la comisaría por separado.
Rebeca Gillian en
ese momento miró a Dan Brackett con los ojos muy abiertos, pues realmente sin
él, ella se sentía perdida, y no sabía si él quería que en su interrogatorio
dijera todo lo que veía día a día en aquella comisaría y en las calles de
Sunshine o que se callara y respondiera
a todo escuetamente, para dejarle a él que desvelara todos los detalles y se
hiciera protagonista de la investigación. Y dios, Dan no le devolvía la mirada,
solo intentaba ahogar una sonrisa incipiente.
- Supongo que
quieran hablar primero con el agente Wilson, es mi hombre de confianza aquí e
imagino que él pueda ayudarles con las pistas que ustedes buscan mejor que
nadie. Como ven caballeros, aquí no tenemos nada que ocultar- se apresuraba a
decir Woods.
-Pues si es tan
amable, dígale que venga, y ustedes no salgan de la comisaría a no ser que se
produzca una urgencia-respondía el detective Gordon.
Así se hizo, el
agente Wilson entró en el despacho de Woods, y los detectives cerraron la
puerta.
Fuera, Woods salió a
fumarse un cigarro y les pidió a Dan y Rebeca que le acompañaran.
-Mucho cuidado con
lo que soltáis por esa bocaza, ¿me habéis entendido?. El detective Williams, es
un perro de mucho cuidado. Hace unos años, trabajaba en el condado de Dusk y se
llevó por delante a la mitad del cuerpo de policía de allí. Es un tipo muy
astuto, que sabe interpretar hasta el mas mínimo movimiento del cuerpo, así que
cuidadito con lo que decís, en especial tú Dan, que no te creas que no te he
calado!!. Sé lo que piensas desde el primer momento en que te miré a los ojos.
Te crees mejor que todos nosotros, y crees que tú eres la justicia, y que
luchas por ella, jajajaja, pues déjame decirte una cosa Brackett, ¿sabes por lo
que tú luchas? Tú luchas por Sunshine, y este pueblo tiene su propia ley y su
propia justicia, tú eres otro peón más en este ajedrez, tú solo no puedes hacer
jaque mate- dijo Wilson apurando su cigarro con un ansia voraz.
-Woods, ¿nos está
amenazando?- se atrevió a decir Dan
-No, os estoy
advirtiendo. Hacedme caso, hijos, es un consejo que os doy. Al fin y al cabo,
no seré yo quien me manche las manos con vuestra sangre, pero creo que al menos
os lo debo.
Nunca jamás habían
amenazado tan directamente a Dan, sí a Rebeca, y a pesar de que a eso no se había podido acostumbrar nunca,
intentó no ponerse nerviosa.
Dan sintió todo el
peso de su cuerpo dentro de su cerebro, le oprimía tanto,que el dolor era
insoportable, y en ese momento, supo que su vida tenía mas valor que toda la
gentuza de Sunshine, que al final, eran los primeros que comulgaban con el caos
que reinaba en la ciudad.
-Por cierto, ¿qué
tal fue ayer en la reserva?- preguntó Woods intentando desviar el tema, pues ya
había dicho todo lo que tenía que decir.
-Bien jefe, un
ajuste de cuentas...el viejo Yaku había hecho algunas apuestas equivocadas y se
había gastado mas dinero del que tenía, y ya sabe, pidió un préstamo y se había
retrasado en los pagos, pero nos dijo que en estos días saldaría su deuda y
todo estaría arreglado. Ya sabe como son estos indios, primero lo niegan todo,
pero si sabes donde tienes que apretarles, lo cuentan todo y yo sé muy bien
cómo hacer mi trabajo- respondía Brackett ante el asombro de Rebeca.
-Jodidos indios!!!!
Terence ha llamado cuatro veces esta semana para dar el coñazo, y luego resulta
que es un lío suyo. Si ya me lo había imaginado...hice bien en mandaros a
vosotros a resolverlo. Bueno, pues asunto zanjado- decía Woods con una risa
irónica.
Rebeca se sintió
sucia, le hubiera gustado drenarse toda la sangre, pues no era merecedora de
llevar sangre india, una sangre de la que no estaba orgullosa, pero que era
parte de ella al fin y al cabo, y no, no lo merecía, no cuando se había quedado
callada, impasible ante la mentira, y tan sorprendida con la respuesta de Dan,
que ni siquiera había sido consciente de haber sido insultada por Woods.
Woods entró en la
comisaría de nuevo, y cuando Dan se disponía a hacer lo mismo, Rebeca le agarró
fuerte el brazo, tanto que parecía que iba a atravesárselo, y le dijo "
Dan, dime que has dicho eso para que no nos moleste en nuestra investigación de
los hombres de Thorton"
-Suélteme Rebeca,
por dios, ¿qué cree que hace?. No vamos a iniciar ninguna investigación
paralela, y solo he dicho lo que el viejo Terence confesó antes de irnos. Y
ahora, entremos, hay asuntos mas importantes de los que ocuparse- le dijo Dan
con la cabeza alta y la voz firme.
Justo en el momento
de entrar de nuevo en la comisaría, Rebeca sintió cómo se prostituía de nuevo,
solo que esta vez no era por necesidad, esta vez lo hacía porque Sunshine la
acaba de comer entera, y la única ilusión a la que se aferraba día a día, acababa de morir con algo tan aparentemente
inofensivo como una mano en el brazo equivocado.
La mañana fue larga,
los de asuntos internos parecían tener toda la maldita eternidad en sus manos y
hurtaban todo el tiempo que fuese necesario. Trás el sargento Wilson (con quien
estuvieron rozando las dos horas), le tocó el turno a Dan. El proceso fue aún
más lento y doloroso. A eso de las tres de la tarde y con la agente Gillian
mordiéndose las uñas y deambulando como un alma en pena por toda la comisaría,
Brackett salió del despacho. Rostro serio y mirada al frente, pasó por delante
de su compañera sin ni siquiera mirarla. Ella, buscó cruzar su mirada con sus
ojos en un último aliento de complicidad, pero no obtuvo respuesta.
16:45, Gillian mal comía una
hamburguesa y cuatro patatas fritas en Cherry´s y eso, que a ella le
encantaba la carne que preparaban los Evans, de hecho, era una de las clientas
habituales de la cafetería/restaurante de aquel amable matrimonio. Y no solía
hacerlo sola, Dan solía acompañarla. No aquella tarde. Aquella misma tarde en
la que los semi dioses habían sido despojados de su brillante armadura dorada,
golpeados y aarrojados a la tierra a revolcarse entre el fango de la
mediocridad humana. No... aquella hamburguesa sabía diferente aquella tarde,
sabía a decepción.
La imagen de Dan pasando por su lado sin dirigirle la mirada, sin
tenderle la mano cuando más profundo era el abismo y mas fino el borde en el
que agarrarse para no ser engullido por éste, estaba clavada en su alma como un
punzón oxidado. Y a cada segundo, a cada pensamiento, era como si alguien lo
sujetase con fuerza y hurgase con él para hacer más y más grande la herida. El
último faro de luz que se apaga en una noche eterna. Ya no había luz en
Sunshine, ya no había esperanza. Aquel uniforme, aquella placa, aquel corazón,
ya no significaban nada. No hay nada allá arriba y por supuesto, tampoco hay
nada aquí abajo. Solo fango.
La Sr. Evans la observaba desde detrás de el mostrador, mientras le
servía un café a Terra Collins, la vieja loca del pueblo que siempre andaba
mendigando por las calles desde que se quedase sola por la muerte de su marido
y enloqueciese. De eso ya hacía muchos años, al menos eso se decía. En
Cherry´s, nunca le faltaba un café caliente cortesía de la casa, buen ejemplo
de la buena voluntad de John y Gilda, dos pétalos de rosa marchitos flotando en
medio de un estanque podrido. Y caliente era el negro tesoro que se deslizaba
por la garganta de la anciana mientras se perdía reconfortada entre sus
dementes pensamientos, otra herida de punzón, esta, mucho más antigua y sin la
necesidad de ninguna mano ajena a las suyas propias que lo convirtieran en arma
mortífera.
Gilda salió del mostrador con el termo de café en la mano y se acercó
hasta la pensativa muchacha: -¿Un poco de café agente Gillian?- le preguntó con
tono dulce, con tono maternal. Ella la miró con aquellos ojos tristes y
apretándose los labios con fuerza negó con la cabeza.
- Te lo agradezco Gilda, pero creo que ya he pasado suficientes nervios
por hoy, una taza de café es lo último que necesito ahora mismo. En cambio, si
tomaré un pedacito de uno de esas deliciosas tartas de queso que preparas.
- Claro querida, ahora mismo te lo traigo. Y... Rebeca, no le des más
vueltas, ya sabes como es, en el fondo te aprecia, a su manera, sí, pero estoy
segura de que lo hace.
-¿A quien te refieres?- contestó la chica sorprendida. La anciana sonrió
pero se guardo las palabras y la sonrisa se hizo más grande cuando a través de
la cristalera vio una figura masculina acercándose hacia allí. El agente
Brackett fue delatado por el sonido de las campanillas al abrir la puerta de
Cherry´s, todos los que allí estaban se giraron hacia él y este, al sentirse
observado, sacó pecho, se colocó bien el cinturón y se quitó las gafas de sol
depositándolas en el bolsillo de la camisa. Tras un rápido análisis del lugar y
comprobar que Rebeca comía sola en una mesa, se acercó hasta ella con paso
firme para sentarse a su lado.
-Hágame un sitio Gillian- le dijo mientras la anciana le disparaba una
mirada de complicidad que se le enganchó en los ojos a la joven como una mosca
en una tela de araña al tiempo que le preguntaba a Dan si quería comer algo.
-Una hamburguesa especial de la casa, refresco de cola y tarta de queso.
Gracias.- ordenó sin apenas prestarle atención mientras se retiraba el pelo
hacia atrás mirando hacia ninguna parte.
A Rebeca, cabizbaja, no le salían las palabras. No sabía que decir,
quería decirle tantas cosas, decirle cuan decepcionada estaba... no tuvo
tiempo. -¿Está usted ocupada esta noche?- le preguntó Dan.
-¿Esta noche? ¿A que te refieres?
-¿Que parte de la pregunta es exactamente la que no ha entendido? Da
igual... ya le digo yo que va a estar muy ocupada, porque pasaré a recogerla
por su casa a eso de las 22:00- Rebeca estaba alucinada, no terminaba de
entender la propuesta de su compañero e indagó:
-¿Pasarás a buscarme por mi casa para hacer qué?
-Pues para ir a la reserva, ¿para que si no? Tenemos mucho trabajo que
hacer allí, esos amigos suyos van a tener que ser algo más colaboradores que la
última vez si quieren que les ayudemos con el asunto de los Thorton.
-Pero... dijiste que no íbamos a hacer nada más al respecto, dijo que...-
Dan la interrumpió, agarró con fuerza su sudoroso cuerpo desnudo y le dió la
vuelta a la tortilla poniéndose sobre ella mientras le hablaba tan de cerca que
sus labios casi podian rozarse. Allí desnudos, le susurró al oído mientras le
separaba las piernas con delicadeza: -No debe usted hacer tanto caso a las
apariencias, la vida es como una partida de ajedrez, hay que saber que fichas
mover y sobretodo, cuando hacerlo. Dejemos que la policia de Sunshine se
preocupe por sus sucios asuntos, nosotros, como agentes de la ley, tenemos una
obligación para con el ciudadano, incluso con los indios.-
A Rebeca se le iluminaron los ojos, envueltos en una fina capa de
lágrimas, brillaron con más fuerza que nunca, aunque poco si lo comparamos con
la luz que emitía la armadura dorada de Dan, a quien le sentaba mejor aun de lo
que nunca lo había hecho.
-Pero yo pensé que tu....- ¿Que yo que? ¿Que me había dejado sobornar por
esa escoria? Me ofende usted, ya lleva un tiempo conmigo y debería comenzar a
conocerme. En el futuro, antes de sentirse profundamente decepcionada con mi
persona, sea algo más prudente y deme un pequeño voto de confianza, puede que
la sorprenda y todo.- La llegada de la comida a la mesa de manos de Gilda,
también trajo el silencio, pues el tamaño del apetito del agente Brackett, tan
solo era comparable a su soberbia.
En la reserva, en aquel mismo instante, Terence y Lem debatían sobre sus
problemas mientras el anciano cepillaba a su caballo en el establo.
- No entiendo porque no les has contado todo, lo de los terneros
devorados, ¿también es eso cosa de los matones de Thorton, Terence?
- No Lem, eso no es cosa de Thorton, tampoco de ningún rostro pálido. Ese
tema, solo nos atañe a los indios de la reserva. No te preocupes por eso, nos
encargaremos de nuestros asuntos tal y como hemos hecho siempre.
-Pues entonces Terence, esta misma noche deberíamos ponernos en marcha.
Ya hay tres personas que la han visto y aún tenemos a la luna de nuestra parte.
Hoy brillará con intensidad, será una buena guía si queremos actuar sin las
torpezas pasadas y zanjar ya el asunto. Nos lo debemos y se lo debemos a la
chica.
-Lem, sigo diciéndote lo mismo que te dije ayer y antes de ayer, no
debemos adelantarnos al momento justo o precipitaremos aún mas los
acontecimientos. Esto requiere de cabeza fría joven, y tú aún tienes la sangre
demasiado caliente como para saber esperar- le dijo Terence a Lem, intentando
no sonar muy condescendiente.
-¡¡Eso díselo a la pequeña Inali!!! Tú no viste su cara de terror! Fui yo
quien la encontró en su granja, entre la paja, comida por el miedo y sin poder
articular palabra, al lado de lo que quedaba de aquel ternero. Yo les prometí a
sus padres que haría todo lo posible porque todo esto terminara cuanto antes y
es lo que voy a hacer esta noche Yaku, contigo o sin ti- Sentenció Lem sin dar
opción a réplica, pues acto seguido montó en su camioneta y arrancó el motor.
Antes de que se alejara a una distancia en la que cualquier cosa que
hubiera dicho Terence Yaku, hubiera caído en el saco de las palabras que nunca
fueron escuchadas en el momento que mas importancia cobraba el sentido del
oído, el viejo dijo: "Mala consejera es la impaciencia, y si sigues en tu empeño, esta noche la Luna
no será mas que una puta que se abre de piernas para ti y te susurre al oído lo
mucho que la haces disfrutar, cuando en realidad lo único en lo que piensa es
en no pensar, y en lo patético que eres dentro de ella".
Palabras que no fueron desoídas por Lem, quien aceleraba con rabia la
furgoneta, dejando tras de él, no solo una estela de polvo en el camino, sino
la certeza de que era el miedo el que hablaba por boca del viejo Terence.
Mientras miraba por el retrovisor también pensaba, " la diferencia entre
tú y yo viejo, es que yo no necesito a una puta para follar. Todo se hará esta
noche tal y como acordé con Samir"
Ese día en la reserva, el viento contaba cuentos que nadie quería oír,
pues esa noche, el viento callaría para no ser descubierto, y escondido en la
oscuridad, rezaría mil oraciones a mil dioses diferentes para mantener el
equilibrio.
Al salir del Cherry´s, Rebeca
sentía una extraña sensación, era una mezcla de esperanza, miedo al fracaso,
soledad compartida, incertidumbre, y por qué no decirlo, de felicidad. Aunque
quizá ella confundía las ganas con la felicidad, pues hacía tanto tiempo que no
la sentía, que las ganas de sentirla
debían de ser mas fuertes que los mismo instantes de la sobrevalorada felicidad.
Dan salió orgulloso de sí mismo, una vez más había vuelto a hacer las
cosas bien. A veces, hay momentos de flaqueza, a veces no es fácil ser un
Brackett, a veces, y solo a veces, hasta los ángeles mas bellos se convierten
en las criaturas mas grotescas de la creación.
Los dos agentes se dirigieron de nuevo a la comisaría. Allí, un ambiente
tenso, hacía irrespirable el poco aire que entraba del exterior.
Woods permaneció en su despacho toda la tarde, ni rastro de Wilson, quien
"oficialmente" había salido a atender uno de los muchos casos de violación que se daban en Sunshine, aunque
el continuo sonido del teléfono sonando en el despacho del sheriff, indicaba
que la naturaleza del caso del que Wilson había ido a ocuparse era bien
distinto, como por ejemplo, deshacerse
de todas las pruebas inculpatorias que pudiera sin llamar demasiado la atención
de los detectives Gordon y Williams.
Esa tarde, en la comisaría, Dan y Rebeca apenas cruzaron una palabra
(otra vez la distancia de las apariencias). Rebeca hacía informes de los casos
menores denunciados en aquella comisaría esa misma semana, y archivaba los del
mes pasado en carpetas y cajas que sólo servirían para acumular polvo..
Dan por su parte, no salió de su pequeño despacho, atento en todo momento
a la pantalla de su ordenador, buscando y buscando la manera de provocar una
pequeña grieta que se hiciera mas y mas grande y que terminara en un socavón
que arrastrara hacia su interior todo lo que había sido construido tras años de
corrupción y crímenes.
Sobre las 20:00, Rebeca entró en el despacho de Dan
-Dan, yo me voy a casa a cenar algo, ¿te quedas aquí?
-Supongo que debería irme yo también
a comer algo, presiento que la noche será larga. No cierre la puerta al
irse, yo saldré en un rato-dijo Dan sin apenas mirar a su compañera.
Rebeca salía ya del despacho cuando oyó a sus espalda "a las 22:00,
no lo olvide"
En diez minutos, Dan había llamado a su casa para avisar a Lissy que no le esperara despierta, justificándose
con que había un asunto del que debía encargarse que le llevaría bastante
tiempo y que no sabía con exactitud a qué hora iba a llegar. Lo cierto es que
Dan podría haber ido a su casa a cenar tranquilamente con Lissy, pero cuando
Dan se tomaba algo en serio, le prestaba el cien por cien de su tiempo y su
atención. Obviamente a Lissy nunca se la había tomado en serio.
A las 22:00 en punto, Dan estaba aparcado en frente de la casa de Rebeca,
ésta miró por la ventana, y un minuto mas tarde ya estaba llegando al coche,
intentando que no se notara su sonrisa a medida que se acercaba al coche de su
compañero.
-Creí que traerías el coche patrulla- Le dijo Rebeca a Dan, cerrando
fuertemente la puerta metálica
-No mujer, ¿cómo voy a traer el coche oficial? Lo que queremos, Rebeca es
pasar desapercibidos, ¿me entiende?- Respondió él con la sonrisa de medio lado,
denotando su absoluta superioridad intelectual.
Tres minutos mas tarde ya estaban cogiendo el desvío a la autopista que
llevaba a la reserva.
La noche se hizo en Sunshine sin ni siquiera saludar, no hacía falta, la
noche sabía que siempre era bienvenida en aquel lugar.
Ya habían cogido la carretera secundaria que llevaba a la reserva, cuando
Rebeca giró bruscamente su cabeza hacia atrás mientras le decía sobresaltada a
Dan:
-¿Qué ha sido eso?
-¿Qué ha sido el qué, Rebeca?
-Vete mas despacio Dan, ¿no la has visto?
-¡Tranquilícese Rebeca!, ¿ver a quién?-Preguntaba Dan algo nervioso ante
el desasosiego de su compañera
-¡A la chica, Dan, a la chica!- Gritaba ella sin dejar de mirar hacia
atrás por el retrovisor
-Pero ¿?dónde? Yo no he visto a nadie
-La hemos pasado al lado, estaba en el arcén, en medio de la oscuridad.
Estaba de pie, quieta- Intentaba convencerle Rebeca
-Rebeca, ¿está segura?- preguntaba Dan deteniendo definitivamente el
coche en la cuneta- Le repito que yo no he visto a nadie, pero si usted está
tan segura, no podemos dejar a una chica vagando por el bosque sola, así que
coja la linterna que tengo en la guantera- proseguía Dan, quitándose el
cinturón de seguridad.
-Dan, estoy segura, he visto a una chica
No hubo nada mas que decir, acto seguido, ambos agentes bajaron del coche
y se adentraron un poco en el bosque, sin perder de vista la carretera. A Dan
no le preocupaba que aquella chica que él no había visto, hubiera subido a algún
coche, por si, casualidades de la vida, se tratara de una autostopista, pues no
había pasado ningún coche detrás de ellos.
Dan alumbraba con su linterna, Rebeca le seguía muy de cerca, pegada a
él. En ese momento no tenía miedo, pero no quería dar ningún paso en falso en
el bosque y caerse, en ese bosque, solo quería sentir bien por donde pisaba.
-Dan, me parece haber oído algo-susurró Rebeca
-Rebeca, por dios, me está poniendo usted nervioso. No vi nada antes y no
ha oído nada ahora- dijo Dan, notando cómo Rebeca le agarraba con las dos manos
la cintura en un acto reflejo de protección. Dan la notó tan nerviosa que le
dio la mano y le susurró que se tranquilizara. Algo en aquel bosque, sin duda
comenzaba a aterrorizar a la india.
Cinco pasos mas y Rebeca volvió a decirle a Dan que había oído algo y que
estaba muy cerca. Antes de que a Dan le hubiera dado tiempo a darse la vuelta y mostrar con la linterna lo que la
impunidad de la oscuridad ocultaba, alguien ya había arrancado a Rebeca de su
mano. El corazón de Dan comenzó a latir con fuerza y cuando pudo poner rostro
con la luz de la linterna al desconcierto, abrió unos ojos que se hubieran
tragado una planeta entero, y no supo reaccionar ante la imagen que vio. Lem
agarraba a Rebeca de la cintura y la tapaba la boca, a su lado, dos indios más.
Lem miró con desprecio absoluto a Dan y apretó su mandíbula dibujando los
huesos de la rabia, acto seguido, tiraba la linterna de dan de un manotazo-
-¿Pero qué está haciendo Lem?-Acertó a decir Brackett
-Cállate jodido imbécil, si ve la luz será ella quien nos encuentre
-¿Ella? ¿quien es ella?- preguntaba Dan
-Habla bajo- le dijo Lem a Dan, soltando a Rebeca y poniéndose a un palmo escaso de la cara del agente- si
nos oye, no habrá nada que hacer
-Lem, la he visto, joder, la he visto antes. ¿Por qué no dijiste nada de
esto en la granja de Terence?- dijo Rebeca mirando rapidamente a su derecha y a
su izquierda
-¿Crees que tu compañero te va a creer? Te dije que no te olvidaras de tu
sangre y lo único que se te ha ocurrido hacer es traer aquí a este muñeco
blanco y blando- le dijo Lem a Rebeca
No había terminado de decir esto, cuando algo denso se notaba en el
ambiente. Un grito estremecedor, y Samir, uno de los acompañantes de Lem, cayó
desplomado al suelo, Lem palpó el suelo en busca de la linterna. Cuando
presionó el botón de encendido, el horror antes ellos...Samir en el suelo, boca
abajo, con la espalda chorreando sangre, a su lado, la bella y sobrecogedora
imagen de una mujer joven, con la columna de Samir en la mano y la cara llena
de sangre.
- Cielo santo!!! Tanya Chiang...- acertó a susurrar Dan
¿Acaso no es la muerte el final del camino?
- Te lo digo Max, me he cagado en los putos pantalones, creo que no había
sentido tanto miedo en mi puñetera vida y eso, que en la trena las pasé de
todos los colores, no se puede ser tan guapo, ya me entiendes. El caso es que
de entre todos los agujeros en los que caer muerto, ha tenido que ser
precisamente en este... ¿pero que coño es este sitio?¿y que diantres era esa cosa?
porque algo tengo muy claro, fuese lo que fuese, no era humano joder, no era
humano, era un puto animal- confesaba James a su compañero de penurias mientras
intentaba apagar el fuego del miedo que prendía en su interior con una enorme
jarra de cerveza helada en una esquina de la barra de La Eternidad. Max jugaba
con su vaso de whisky vacío, haciéndolo rodar sobre la madera sin prestar
aparente atención a las palabras de su socio.
- Esto es el infierno amigo, es algo que tienes que tener muy claro si
quieres mantenerte con vida en esta pocilga, ya no queda nada bueno en
Sunshine... de todas formas, es a los humanos a quien debes temer, no a las
brujas ni a los elfos.- replicó Max al tiempo que se servía otro trago y
dibujaba en su rostro una sonrisa irónica.
- Las brujas y los elfos no saltaron sobre el techo de nuestra puta
furgoneta, las brujas y los elfos no rugen como un puto animal hambriento y
apestan a sangre y muerte. No me vengas con esas, sabes muy bien que hay algo
terrible en ese bosque. Lo viste.
- Lo vi... te aseguro que yo no vi nada, las putas campanas no me dejan
ver, estoy ciego.
- ¿De que estás hablando? ¿Que campanas?
- Las campanas... si las hubiese escuchado por un solo momento, sabrías
de lo que te hablo, es el puto sonido de la muerte, tiene que serlo...- Max
ahora si miraba a James a la cara y esta vez, no había sitio alguno para
ironías o sarcasmos- dime una cosa, ¿crees que maté a Tanya?
- ¿La prostituta?- antes de terminar tan inapropiada pregunta, Max ya se
había avalanzado sobre James y lo había agarrado por el cuello, haciendo que a
este se le cayera la jarra al suelo y se rompiera en mil pedazos.
- No era ninguna prostituta- le susurró al oído con todo amenazador
mientras James intentaba aguantar el chaparrón como podía- Se llamaba Tanya, y
era la única cosa que valía la pena de este maldito lugar... la única y
ahora... ahora está muerta, lo se bien, porque yo la maté. Así que dime,
¿sigues pensando que no soy la clase de hombre que mataría a una mujer? Dímelo
y te saco las tripas aquí y ahora.- tres segundos de silencio, Terry recogiendo
los cristales del suelo sin siquiera atreverse a mirar una escena que pasaba
totalmente desapercibida en medio de todo el jaleo del lugar, una
insignificante tormenta en medio del caos- Dímelo James.
- Te diré dos cosas compañero- replicó éste con el poco caudal de voz que
conseguía fluir de su presionada garganta- la primera, es que sigo pensando que
no eres un asesino de mujeres y estoy seguro de que fuese lo que fuese lo que
te ocurriese con Tanya, es algo mucho más complicado de lo que quieres hacerme
creer y lo segundo, es que si no me sueltas ahora mismo, seré yo quien te vuele
las malditas pelotas- le dijo a Max al tiempo que este, bajando la mirada hacia
el sótano, comprobaba como su socio le tenía encañonado con su viejo revolver,
apuntando directamente a su hombría.
- Le tengo mucho aprecio a mis pelotas- para dejar de presionar aquella
garganta y colocarle bien el cuello de la camisa a James mientras este guardaba
su arma en la parte de atrás del pantalón- ¿Y sabes una cosa? eres un tipo
listo y no estás falto de razón, es mucho más complejo que eso. Desde luego.
!Terry, tráele otra cerveza a mi socio!- le grito Max a la mujer que se había
cortado un dedo recogiendo los cristales el cual se chupaba detrás de la barra
mientras llenaba la jarra con la otra mano y con cara de muy pocos amigos.
Dos horas más tarde, el escenario era muy diferente, la calma siempre
llega tras la tormenta, siempre, incluso después de aquellas que parecen
haberlo arrasado todo y a todos. Tan solo hay que ser paciente y dejarse
acariciar el rostro por la mano amiga de un nuevo amanecer. Los vaqueros mucho
más relajados y porque no decirlo, mucho menos sobrios, debatían relajados
sobre los misterios de la vida, sobre esto, sobre aquello. James relataba con
detalle la triste historia de su vida, el golpe fallido de su banda de
atracadores de bancos, el ingreso en prisión, el abandono de su familia... en
el otro lado, Max se hacía el gallito recreándose en todos los trabajitos que
había realidad para el Sr. Thorton, en todas las nenas que habían comido de su
boca y que ahora se estarían masturbando sobre algún colchón húmedo recordando
su sabor.
-Dime Max, ¿quien era Tanya?
- (Suspiro. Solemnidad) Tanya era la hija de los Chiang.- contestó Max
con tono serio.
- ¿Los Chiang Carmona? ¿Los mismos que fueron asesinados por la familia
para la cual trabajas?- pregunto un sorprendido James.
- Si. Ella... fue todo cosa del azar. Me la encontré en el bosque aquella
noche, yo estaba limpiando la mierda de "El Guapo" cuando ella
apareció. Mi primer impulso fue matarla, ni siquiera sabía quien era, tan solo
que era una jovencita adorable, tenías que haberla visto Jamie, era como un
ángel... no pude hacerlo. Ni siquiera osé ponerle un dedo encima, era tan
especial, tan diferente a las otras mujeres con las que había tratado hasta
aquel momento, tenía una mirada que yo...
- ¿Estabais juntos?- le interrumpió James al ver como los ojos de Max se
teñían de lágrimas invisibles.
- Lo estuvimos, si. Durante una temporada. Aquella misma noche le pegamos
fuego juntos a la maldita ciudad de Sunshine, lo hicimos arder todo y
terminamos follando como animales en algún tugurio que ahora mismo ni recuerdo,
demasiado alcohol, demasiadas drogas... te aseguro que me destrozó aquella
noche (risas de los vaqueros), tuve que tener la polla en remojo con agua fría
un par de horas para recuperarla... no se tío, después de aquello, la chica se
me pegó como una lapa, se instaló en mi casa un tiempo, cuando llegaba del
tajo, había desaparecido el habitual silencio sepulcral de mi apartamento, toda
la oscuridad, toda la soledad... ella me recibía con la mesa puesta y una
estupenda cena preparada, con su delantal sobre su cuerpo desnudo, creo que
jamás llegamos a probar bocado, no de la cena, ya me entiendes- James observaba
y escuchaba atento la historia de Max- estuvo genial aquella temporada. No
obstante, se que me ocultaba cosas, no solo el hecho de quien era, sino el
dolor por la muerte de sus padres. Jamás la vi soltar una lágrima, poner una
mala cara, siempre tenía una sonrisa para mi pese al terrible dolor que la
comía por dentro... Tanya ha sido una de las mejores cosas que me han pasado en
la vida.
Todo acabó hace dos noches. Todo lo bueno termina ¿lo sabías socio? tenlo
siempre presente y te ahorrarás más de un disgusto. Hace un par de noches,
Tanya y yo discutimos, fue culpa mía, a veces soy un jodido imbécil. El caso es
que tuvimos una buena bronca, ella quiso ponerme celoso y comenzó a tontear con
un jodido indio, un guaperas de larga melena. Yo, desde la barra del local,
Inferna, en el centro, observaba el numerito, como le restregaba el culo por el
paquete, como el la magreaba con sus sucias manos indias... en otras
circunstancias, me habría acercado y le habría pegado un tiro en su puta cabeza
de indio y me habría hecho una corbata con su apestosa melena, pero aquella vez
era diferente, yo realmente, lo estaba disfrutando, porque me di cuenta que en
realidad, Tanya solo estaba jugando conmigo a costa de aquel tipo, sabía que
aquello me ponía cachondo. Pero algo ocurrió entonces, el tío le agarró la cara
y le acercó la suya, algo le susurró al oído y Tanya pareció caer rendida a sus
pies, lo abrazó y el espectáculo se hizo privado. Ya no era para mi. El indio
hizo sonar su flauta y ella se dejó seducir por su música, la cogió del brazo y
se marcharon, perdiéndose entre la gente.
Fui tras ellos, salí del local por la parte de atrás y los vi en una
sucia esquina del callejón, entre los cubos de basura, el tío le había quitado
la parte de arriba y le chupaba las tetas mientras se la follaba como una
bestia por delante, ella hacía presión en su cuerpo con sus piernas y gemía tan
fuerte que las estrellas miraban hacia otro lado ruborizadas. Yo... me quedé
allí de pie, no me lo esperaba, no supe reaccionar, me había metido de todo
aquella noche y pensaba con más lentitud de la habitual. Lo siguiente que
recuerdo, es como aquel maldito indio la mordía en el cuello, fue entonces
cuando saqué mi cuchillo y corrí hacia ellos, pero cuando le agarré por la
cabellera y lo retiré de ella, éste, al girarse, me mostró sus ojos y me cago
en dios James, aquellos ojos no eran humanos, eran de otra cosa, al igual que
sus dientes, largos, afilados como agujas y cubiertos con la sangre de Tanya.
El hijo de puta me agarró por el cuello y me levantó como si fuese una
marioneta. Mientras, podía ver como Tanya se escurría hacia el suelo con la
sangre brotando de su cuello y tiñiendo sus pechos de rojo muerte. En ese
momento, alguien salió del local y al oír el ruido, aquel ser me soltó y salió
corriendo para perderse en la oscuridad.
Me levanté como pude y agarré a Tanya, intenté cortar la hemorragia
presionando la herida con todas mis fuerzas pero era tarde. Su corazón había
dejado de latir, con él, el mío. Me puse en pie con mis manos ensangrentadas y
recogí el cuchillo del suelo. La zorra y su novio que habían salido del local,
me vieron. Ella gritó: !socorro!!!Policía! Intenté decirles que yo no... pero
no tuve tiempo, sentí una presencia detrás de mi, era Tanya, regresando de
entre los muertos, porque te aseguro que estaba muerta segundos antes y tenía
aquellos mismos ojos ensangrentados del indio. Intenté decirle cuanto lo
sentía, intenté... pero ella ya no aer la adorable jovencita maleducada de
antaño, ahora era otra cosa. Se abalanzó sobre mi con aquellos dientes deseando
desgarrar mi carne y la acuchillé, no recuerdo cuantas veces, pero fueron
muchas, créeme.
Al final, su tierno cuerpo acabó sucumbiendo ante mi navaja y se desplomó
en el suelo. Fue en ese instante cuando llegó la policía y bueno... el resto de
la historia ya la conoces, así toda al menos.
- ¿Que quieres decir con "casi toda"?- interrumpió un asombrado
James mientras se metía otro lingotazo de Shark para ayudar a asimilar la
historia de Max.
- La vi James. Vi a Tanya hace unas horas en la carretera y estoy casi seguro
que fueron sus pies descalzos los que anduvieron sobre el techo de la
furgoneta. Mi preciosa gatita ha regresado.-reconocía el matón mientras sacaba
su cuchillo y clavaba sobre la mesa de un golpe seco.
James permaneció unos instantes en silencio para terminar preguntando:
- Y dime Max, ¿Que clase de profesional deja un trabajo inacabado? ¿Por
qué diablos no estamos ya en esa maldita reserva india para darle a tu niña el
descanso que merece y al indio greñudo la suerte que se ha buscado? ¿o acaso
tienes miedo?- Max arrancó el cuchillo de la mesa, se lo guardó y liquidó el
último trago de whisky, posiblemente, el más delicioso que había probado nunca.
Y dijo con descomunal sonrisa y desorbitados ojos:
- Nunca he dejado a una mujer insatisfecha, no será ésta la primera vez.
Y tampoco será una maldita zorra del infierno de lengua bífida, la que termine
conmigo. Lo prometo, y yo, mi buen amigo, casi nunca miento.
ALICIA MISSTERROR Y NANDO EL RECTOR

SOBERBIA. Parte I. UNa maldición para dos by Alicia Missterror y Nando El Rector is licensed under a Creative Commons Reconocimiento-NoComercial-SinObraDerivada 3.0 Unported License.
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